Zurda Siniestra

Del Sahel a Barcelona: tres historias de inmigrantes subsaharianos

Por Eugenio Fernández Vázquez

Archivado en: Derechos humanos, Mundial (no de futbol), Sociedad Marzo 17, 2006 @ 6:54 pm

¿Dónde van esas caras asustadas que vemos por televisión cada vez que la Guardia Civil intercepta una patera en el Estrecho de Gibraltar? ¿Dónde terminan esos bultos oscuros que esperan en las cunetas de las carreteras del Mediterráneo español, que miran siempre hacia el norte? ¿Quiénes son esos hombres y mujeres de piel morena y ojos negros que caminan por Barcelona, por la Ciudad Vieja y, cada vez más, por Nou Barris, por Sant Adrià del Besòs, por L’Hospitalet de Llobregat?

No lo sabemos a ciencia cierta. La inmigración en España es tan reciente que estadísticas realizadas hace tan sólo un par de años caducaron ya, y apenas intuimos el número de emigrantes del Sahel –la franja de sabana al sur del Sahara– y del resto del continente negro que viven en el país sin dejar ninguna huella sobre el papel.

De los que sí sabemos algo es de los que están empadronados, de los que viven en una situación más o menos estable –regularizada o no– en las ciudades españolas. Sabemos, por ejemplo, que Barcelona es la ciudad española con mayor porcentaje de inmigrantes subsaharianos, con alrededor de 3000 ciudadanos de ese origen, el 2% de la población –una cifra cuatro veces mayor a la de, por ejemplo, Madrid.

Sabemos también que de entre los subsaharianos barceloneses las poblaciones más grandes son la nigeriana, la guineana y la senegalesa, con 957, 753 y 613 ciudadanos respectivamente. Según el Ayuntamiento, una cuarta parte de ellos vive en Ciutat Vella, aunque las reformas en la zona los están empujando hacia los barrios de la periferia, a Nou Barris o a Sant Adrià.

Es sabido además que trabajan en lo que pueden y que muchos viven en el límite de la legalidad y en una perpetua situación de provisionalidad. Aunque algunos, como la senegalesa Adama Faye, lograron construir un patrimonio y ganar una cierta estabilidad.

Adama nació hace cuarenta años en Mbour, 80 kilómetros al sur de Dakar. Harta de pasarse los días “ganando bien poco y trabajando demasiado”, limpiando casas y cocinando en los restaurantes del barrio turístico o en las casas de los blancos de la ciudad, en 1991 decidió hacer caso a su primo “el de Barcelona”, que llevaba años insistiéndole en que dejara el Sahel y se fuera a la ciudad condal, y dejó familia y hogar en la Petite Côte senegalesa para cambiar de continente.

Comprado el billete de avión, no tuvo problemas para llegar. El contrato de trabajo que le consiguió su primo le permitió regularizar su situación en España, y los ahorros que amasó desde su llegada le dieron el capital para abrir, con dos compatriotas suyas, un restaurante senegalés en la Rivera. “Ahora”, dice, “puedo ayudar a otros que quieran venir y soy feliz, aunque no pasa un día sin que quiera regresar, sin desear que Senegal mejore para poder vivir ahí”.

Muy distinta es la situación, en cambio, de un hombre al que, a falta de mejor nombre, llamaremos Pierre. Su historia se puede escuchar entre los camareros y dependientes negros de la Rivera, siempre contada por lo bajo y actualizándose cada semana, siempre con un cierto tono de preocupación.

Según cuentan, Pierre salió del pueblo de Ti-n-Aguelaj, en el sur de Mali, hace cinco años y llegó a Almería oculto en el ferry que sale todos los días de Ghazaouet, en Argelia. Poco antes de llegar a la costa –“en un arranque de estupidez”, comentaron algunos– saltó al agua para evadir la aduana y tuvo suerte. Tocó tierras españolas un atardecer de enero y a campo traviesa llegó hasta la carretera de la costa y subió a Barcelona. En la ciudad contactó, gracias a un conocido, con un comerciante chino para el que cruzó la frontera con Francia media docena de veces, cargando contrabando y sirviendo de contacto con algunos socios galos.

Desde entonces, se sabe de él sólo de oídas. Alguno escuchó que Pierre había muerto en Argelia hace algunos meses, en circunstancias que no le aclararon. Otro dice haber oído que alguien lo vio en París en diciembre pasado y otro más que había vuelto a España pero que estaba en Madrid. Nada es seguro.

Tan precaria como la de Pierre es la situación de un hombre que no quiso revelar su nombre, que recorre las Ramblas –sobre todo la parte más alta, llegando a Plaza Catalunya– en las madrugadas de los fines de semana. Vende coca y otras drogas a los turistas y a la gente que sale de los bares de la zona.

Según dijo, salió de Gambia hace dos años y cruzó el estrecho de Gibraltar en patera. Del viaje sólo recuerda el frío –“un frío que entraba hasta los huesos”– y los ojos del compañero que cayó al agua y del que no se supo nada más. Del futuro tampoco imagina nada. “Para qué, si no sé qué va a pasar mañana.” El sueño europeo, se ve, va acompañado de una amplia gama de pesadillas.

Y las historias se multiplican, pasando de la buena fortuna a la precariedad, medio ocultas para el resto de la sociedad y para el Estado, que, igual que quienes vemos a los inmigrantes subsaharianos vivir en la ciudad pero no sabemos de ellos, camina todavía a tientas en la materia.

One Response to “Del Sahel a Barcelona: tres historias de inmigrantes subsaharianos”

  1. 1
    sonya valencia Says:

    Excelente informaciòn. Ojalá se pudieran poner en contacto conmigo porque en la actualidad estoy haciendo un reportaje, para un diario mexicano, El Sol de México, sobre los emigrantes en España. Me gustarìa tener contacto con algunos de ellos, a través del chat o e mail, para que me contaran su situaciòn y de ser posible mandarme algunas fotografías mismas que usaré para la publiación. Gracias por todo

Leave a Reply