A Paco Ignacio Taibo I
Afuera de las redacciones hay un mundo por construir. Es un mundo en el que se ama y se odia, se discute y se acuerda, se vive y se goza. Y nosotros estamos ahí metidos, contándolo, intuyéndolo, construyéndolo. Los periodistas debemos comprometernos con él y forjar una nueva belleza, como dice Alessandro Baricco: la belleza de la paz.
I. La redacción como fábrica de espejos
Afuera de las redacciones hay un mundo por construir. Es un mundo en el que se ama y se odia, se discute y se acuerda, se vive y se goza. Y nosotros estamos ahí metidos, contándolo, intuyéndolo, construyéndolo.
Los periodistas vemos el mundo y lo reflejamos para los demás. Nuestra tarea es ésa, la de un fabricante de espejos, de los espejos en los que todos los que viven el mundo ven su reflejo; donde pueden ver sus virtudes y defectos, el color de sus ojos y la bondad de su gesto; donde los hombres y mujeres que caminan el mundo pueden descubrirse como son –ni mejor ni peor: como son.
Hay quien ha confundido nuestro oficio con el del retratista de corte. En vez de imitar a Goya pintando la maravillosa desnudez de la duquesa de Alba o la rabia y el horror de los fusilados del 3 de mayo, prefirieron copiar al Goya que resaltaba los brazos de una reina a la que nunca quiso porque era lo único bello del cuerpo de la consorte. El espejo que construyeron sólo mostraba las virtudes del poder que se reflejaba y las mostraba a los demás.
Otros más han querido construirse un río Cefiso, donde, como Narciso tentado por Afrodita, puedan maravillarse ante su propia belleza y descubrir en los demás solamente lo que detestan. Enamorados de sus propias hazañas, propagandistas de su estirpe, sobre un lienzo trucado pintaron sus virtudes y se olvidaron del mundo, pensando que el mundo eran ellos.
Los periodistas no somos ni el Cefiso de la gente a la que queremos ni el Goya de la reina María Luisa. Nuestro oficio es el de contar historias, el de tratar de contar todas las historias, de corregir todos los olvidos, de incluir en el espejo a todos los que están del otro lado del cristal que construimos. La propaganda no cabe en este taller. Tampoco la denigración del otro. Caben solamente dos ojos atentos y una curiosidad infinita para descubrir lo que pasa en la Tierra, y el ingenio, la honestidad y el valor para contarlo.
Nuestro oficio es el de preguntarle a los demás quiénes son, dónde trabajan, qué comen, de dónde vienen, y luego contar lo que encontramos. Contar todo lo que encontramos, porque para construir el mundo, quienes lo caminan necesitan saber cómo son ellos mismos, con qué materiales cuentan, qué resistencia tienen, qué aristas habrá qué pulir, qué vigas y columnas hay que corregir, qué hay que enderezar en el terreno.
Los periodistas somos eso: contadores de historias, fabricantes de espejos, curiosos sin remedio.
II. La crónica como alminar
Frente al espejo hay un mundo de gente que quedó cubierta por una sombra, que busca una voz después del último despido, que empezó a gritar cuando se estropeó la última cosecha, sin conseguir que la escucharan. Oculta tras la cortina que parte las ciudades, los países y los continentes; tras el velo que los poderosos tendieron para que no se viera, estos hombres y mujeres pelean por volver al mundo, por hacer que vivir vuelva a ser algo natural, por forjar un planeta en el que quepamos todos.
Y para conseguirlo, para hacer que amanecer no sea salir del sueño para entrar en la pesadilla, para cantar el mundo y transformarlo, necesitan entrar en el espejo, necesitan un alminar para contar a los demás que ahí están, necesitan una mano para disipar las sombras y que su luz sea parte del reflejo.
Ésa es nuestra tarea, nuestra honra y destino final. Los periodistas luchamos con palillos de dientes contra el acoso del poder y tenemos una única gloria, la del trabajo cotidiano y casi anónimo de dar voz a los que no la tienen, de contar sus dolores y sus alegrías, de narrar su esfuerzo, en fin, por forjar una libertad que es también la nuestra.
Estamos aquí para que esa nota que la gente olvidará al día siguiente, antes de envolver las manzanas y duraznos que se venden en los mercados, antes de proteger del frío los pies del vagabundo, haya descorrido un poco el telón que esconde a los que nos quedan lejos, a los que se quedaron mudos de tristeza, a los que mantienen viva la alegría a pesar de que vivir al día sea un lujo.
Estamos aquí para frenar al poder, para preservar la esperanza, para ser un alminar al servicio de quienes la tienen y la necesitan.
III. La paz como belleza
Preservar la esperanza pasa, también, por repartir la alegría, por combatir el horror, por descubrir la belleza. La única forma de lograrlo es construir la paz. Sólo en la paz se pueden encontrar espacios duraderos para la risa franca, para la dicha compartida, para el gozo del mundo y sus placeres. Para el futuro plural y sonriente.
Quien piense que la paz no es nada más que la ausencia de guerra, que mire el cielo una noche de luna nueva y estrellas abundantes, que pase a tomarse una copa en el bar de la esquina y mire a esa pareja de la mesa del fondo que entrelaza los dedos en silencio, que se dé una vuelta por el campo y escuche la risa del viento. Descubrirá entonces que la paz verdadera, la que no es el intervalo entre dos bombas y tantos muertos, es la vivencia compartida del mundo, es el disfrute de lo cotidiano, es la posibilidad de buscar un mañana siempre mejor.
Tenemos que abrirle a la paz un espacio en el mundo. Tenemos que tender puentes entre los que se enfrentan. Tenemos que mostrar que la belleza de la paz no es cegadora como la de la guerra. Para eso, los periodistas debemos rescatar lo cotidiano y, desde la cotidianidad, quitarle espacios al poder que se basa en la violencia, en el despojo, en el control y el engaño.
Hay que contar el día a día del mundo. Contar que en la calle la gente camina y goza y llora y ríe. Contar que en el campo todavía se hacen eras. Contar que en las fábricas se producen cosas. Contar que aún hay gente que no cabe ni en los campos ni en las fábricas. Contar que hay quien sí. Contar que la solidaridad y la ternura existen y van creciendo. Contar que a veces el poder consigue frenarlas. Contar que la paz es un verbo que se conjuga siempre en presente y en plural.
Nos están esperando y no hay tiempo que perder. Hay demasiada gente para la que la paz es una leyenda olvidada y necesita que el mundo no la olvide y saber que nosotros no nos olvidamos de ella. Hay demasiada gente a la que el estómago le aprieta demasiado como para volver a mirar el cielo y necesita que le recordemos que solo recuperando la sonrisa podrá construir una tierra en la que nadie pase hambre. Hay demasiada gente que está cansada de ver que tras cada lucha llega una nueva derrota y necesita que le contemos que hay otros como ellos, que no tiene que ir sola, que vamos a ganar. Y hay un montón de gente maravillosamente necia que no se cansa de trabajar por construir un mundo mejor, y necesita que le demos voz.
El mundo nos necesita, y no queda más que empezar a trabajar, que empezar a construir la belleza, la belleza de la paz.
