Quiero que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza que la de la virtud, el saber; el patriotismo y la caridad; que todos somos iguales pues del mismo origen procedemos; que no hay abolengo ni privilegios; que no es razonable, ni humano, ni debido, que haya esclavos, pues el color de la cara no cambia el del corazón ni el del pensamiento; que se eduque a los hijos del labrador y del barretero como a los del más rico hacendado y dueño de minas; que todo el que se queje con justicia tenga un tribunal que le escuche, le ampare y le defienda contra el fuerte y el arbitrario; que se declare que lo nuestro ya es nuestro y para provecho de nuestros hijos; que tengamos fe, una causa y una bandera bajo la cual todos juremos morir antes que ver nuestra tierra oprimida como lo está la hora, y que cuando ya sea libre, estemos siempre listos a defender con nuestra sangre toda esa libertad preciosa.
Estas palabras le dijo José María Morelos a Andrés Quintana Roo en la víspera del congreso de Apatzingán.
A pesar de que México, casi doscientos años después, está muy lejos del sueño de Morelos, quizá leer sus palabras nos obligue a recordar que tenemos un México pendiente por construir.
Que ese sea nuestro propósito de años nuevo.



