Para preparar a los lectores ante el partido de mañana entre Austria y Alemania, el diario español Público subió a su página de Internet una nota espectacular, sobre uno de esos momentos en que los futbolistas defienden el futbol y lo que representa, con gracia, estilo y deporte.
Es la historia del austriaco Matthias Sindelar, apodado “El Hombre de Papel”. Judío y casado con una judía, imagino que futbolista sobre todas las cosas, fue obligado a sumarse a la selección alemana después de la anexión nazi de Austria.
Sindelar, sin embargo, se las ingenió para eludir todas las convocatorias gracias a malestares reales o fingidos que le impedían definitivamente asistir a los vestidores. Hasta que un día la convocatoria no fue para la selección austroalemana, sino para un amistoso entre anexados ya anexadores.
La instrucción que recibió el Hombre de Papel fue clara: debían perder. Obediente, Sindelar burló a los alemanes una y otra vez, sólo para dejar al público con el “Gooooooooool” atorado en la garganta: falló una y otra vez. Hasta que no pudo más.
En el segundo tiempo, después de sacarse de encima a un teutón con un recorte, de dejar a otro boquiabierto con un globito y encarar al portero con una sonrisa, anotó. El orgullo del goleador lo llevó no sólo a celebrar su propia insubordinación a los enemigos del deporte, sino a bailar de forma tan ridícula como le fue posible frente al palco de honor.
Claro que la Gestapo no se lo perdonó y lo acosó durante todo el año siguiente, hasta que Sindelar su mujer fueron hallados muertos en su casa. La prensa de la época reportó un suicidio por inhalación de gas. A su entierro asistieron 40 mil personas.
Quiero pensar que defender el honor del campo y humillar a los nazis, a los cobardes y a los colaboracionistas fue para Sindelar un placer tan grande que valió la pena la muerte, porque su memoria vale todos los goles de la copa.

