Desde que Émile Zola gritó desde las páginas de L’Aurore “¡Yo acuso!“, a finales del siglo XIX, el papel del intelectual se transformó y se esperó de quienes merecían ese mote que tomaran partido o que por lo menos explicaran lo que pasaba con la sociedad. En el siglo XXI, en India, la humanidad ha encontrado a una de esas personas excepcionales y excepcionalmente lúcidas. Se llama Arundhati Roy, y ha sido desde hace más de una década una voz implacable contra la depredación del ambiente y esa rapidez con la que el país que es casi continente sacrifica a sus minorías y con la que se lanza a la guerra.
Hoy, en The Guardian, volvió a hacerlo. En esta ocasión, Roy se pone del lado de “la gente de los bosques“, lo más parecido a los indígenas de India, en una batalla que tiene un doble filo: es en defensa del medio ambiente y en defensa de pueblos que han sido oprimidos y marginados desde siempre. Se trata de la lucha contra el proyecto de una compañía minera de explotar las colinas Niyamgiri.
Antes, defendiendo una causa hermana de esta, Arundhati Roy publicó su texto más bello. La autora de El dios de las pequeñas cosas planteó en El fin de la imaginación las razones por las cuáles hay que oponerse siempre, de entrada y con toda intransigencia a las armas nucleares, y sobre todo explicó como nadie qué nos queda en la paz y por qué hay que esmerarse en construirla y defender su belleza:
Amar. Ser amado. Nunca olvidar la propia insignificancia. Nunca acostumbrarse a la indecible violencia ya la vulgar disparidad de la vida a tu alrededor. Buscar la alegría en los lugares más tristes. Perseguir la belleza hasta su guarida. Nunca simplificar lo que es complicado ni complicar lo simple. Respetar la fuerza, nunca el poder. Sobre todo, observar. Tratar de comprender. Nunca girar la cara. Y nunca, nunca olvidar.

