No tengo bases empíricas pero creo que México no podrá revertir su esencia de país pirata. Las décimas del Producto Interno Bruto Pirata (PIBP) escalan con éxito la empinada cumbre del fracaso. Oxímoron cotidiano en nuestra cultura del “al ratito te hablo”; “dame un minuto”; “no pagues impuestos al pinche Gobierno”. La responsabilidad y el tiempo, son tan ambiguos como el futuro de la ciencia.
El término pirata es tan amplio que puede convertirse, sin ningún problema, en sinónimo de la palabra trampa. La cultura popular se ha dejado seducir (eufemismo de arrastrar) por los nodos de distribución de servicios de entretenimiento tramposos. No se necesita visitar el barrio de Tepito para adherir en un estudio la antropología de las circunstancias que le rodean a uno. Pero caminar por la colonia Roma puede resultar toda una experiencia académica. No faltan las casas que anuncian con pequeños cartones asimétricos la venta de películas y música a precios inigualables. Si Videocentro abrió franquicias en cocheras de casas por qué razón la familia Martínez no podrá hacer lo mismo en su casa de la calle Frontera.
Las trampas terminan por acosar a uno. Si uno desea comer en un restaurante de la Condesa, tendrá dificultades para encontrar un lugar de estacionamiento. Cuando la ansiedad crece aparece la trampa. Eureka, la ansiedad y la trampa están correlacionadas. Un señor aparecerá como el genio que surge de la botella para conceder el deseo de encontrar un lugar para dejar el auto. “No se preocupe, en la calle que sigue encontrará una cubeta. Le dice al chavo que la quite y le paga 50 pesos”.
¿En qué momento México se convirtió en un país pirata?
