Recorrer los años es mirar la vida a través de múltiples ángulos. Hay quienes se obsesionan por quedarse en las aventuras de los veinte. Mientras que algunos chavos de 20 envejecen diez años en uno. Es decir, cuando cumplen 20 ya tienen 30.
Siguiendo las recomendaciones del maestro Raymundo Rivapalacio acudí al Sanborns del 222 de Reforma a comprar Paris Match. Las palabras de Raymundo en Twitter se conviertieron en un taladro en el momento en que pedía un green te latte helado con leche de soya en un Starbucks que parece dulcería de una tienda Louis Vuitton. Caminé unos metros a la tienda del tecolote omnipresente y conseguí la revista.
Los ojos de Sharon Stone juegan a ser el túnel del tiempo con el que la memoria viaja a Bajos Instintos, película que hizo estallar al subconsciente de la buena moral cuando Stone era interrogada por posible homicidio. Sus piernas se convirtieron en el mensaje. Ella frente a la jauría policíaca. Ella, domándolos. Ellos olisquean. Es 1992. Es año olímpico.
El erotismo es el momento vital del ser humano. Sin él, en el mundo reinarían los animales. En el erotismo nacen las parábolas con las que se enseña a vivir. Nacen las palabras únicas; exclusivas. Un lenguaje inentendible por los otros. Entendible para quien lo inventa.
Sharon Stone, con sus 51 años de edad reta a los lectores de Paris Match. Quien la entrevista asegura que el sueño americano es encarnado por la mujer que enseña sus senos como arma contra la vejez. Los bajos instintos no saben de edad. El erotismo se presenta con un cuerpo Danone o Sport City. Largas piernas contenidas por zapatos de tacón kilométrico; atuendo negro, como de tienda de la Zona Rosa que vende ilusiones a indigentes sexuales. Sus brazos los levanta para centrar la pupila del espectador en sus senos marca Britney Spears. Es Sharon Stone.
Nuestra época no es para feos ni viejos. La belleza, como el petróleo, es un bien escaso. Si la oferta decrece los mercados del amor enloquecen.

Pues a mí sí me gustó que posara a los 51, justo ahora cuando el mundo privilegia a la juventud como valor supremo. Además, me encantó su reto:
J’ai 50 ans… et alors?