Todos los que hemos pasado una agradecible temporada en los infiernos gracias a Arthur Rimbaud y dimos con él nuestros primeros pasos en rebeldía, le guardamos un pedazo grande del alma a la que puede interesarle esto: en una librería parisina un cineasta encontró un texto suyo que no se conocía. Se trata del “Sueño de Bismarck”, una narración ficticia contra Otto von Bismarck, el artífice de la unificación alemana amenazaba Francia, publicada en un diario del siglo XIX.
Más allá de que guste o no, vale la pena leerla -porque siempre vale la pena, aunque sea para conocerlo más, leer a Rimbaud. Aquí está la traducción -perdonen si quedó muy precaria, pero no encontré ninguna otra-, seguida del original:
Es la noche. Bajo su tienda de campaña, llena de silencio y de sueño, Bismarck, con un dedo sobre el mapa de Francia, medita; de su inmensa pipa escapa un hilillo azul.
Bismarck medita. Su pequeño índice torcido camina, sobre la vitela, del Rin al Moselle, del Moselle al Sena; con la uña, ha rayado imperceptiblemente el papel alrededor de Estrasburgo: pasa el pellejo.
En Sarrebruck, en Wissenburgo, en Woerth, en Sedan, se estremece el pequeño dedo torcido: acaricia Nancy, araña Bitche y Phalsbourgo, raya Metz, traza sobre las fronteras pequeñas líneas rotas… y se detiene.
¡Triunfante, Bismarck ha cubierto con su índice Alsacia y Lorena! ¡Oh, bajo su cráneo amarillo, qué delirios de avaro! ¡Qué nubes deliciosas de humo vierte su pipa bienaventurada!
Bismarck medita. ¡Espera! Un gran punto negro parece detener el índice bullicioso. Es París.
Entonces, la pequeña y mala uña, de rayar, de rayar el papel, aquí, allá, con rabia… en fin, de detenerse… El dedo se queda ahí, medio doblado, inmóvil.
¡París! ¡París! Pues el buen hombre ha soñado tanto con los ojos abiertos que, dulcemente, en la somnolencia se separa de sí mismo: su frente se inclina sobre el papel; maquinalmente, el horno de su pipa, salida de sus labios, se abate sobre el villano punto negro.
¡Ay! ¡Povero! Abandonando su pobre cabeza, su nariz, la nariz del señor Otto de Bismarck, cayó en el horno ardiente. ¡Ay! ¡Povero! En el horno incandescente de la pipa. ¡Ay! ¡Povero! ¡Su índice estaba sobre París! ¡Acaba el sueño glorioso!
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¡Era tan fina, tan espiritual, tan feliz, esa nariz de viejo primer diplomático! ¡Esconde, esconde esa nariz!
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Sigue un párrafo de seis líneas apenas legible: ¡Y bien! Querido mío, cuando, por compartir el choucroute real, vuelve al palacio [.......................] con los gritos de… dama [...................] en la historia portará [.............................................] sus ojos estúpidos. |
¡Voilà! ¡No había que soñar despierto!
Y aquí el original:
C’est le soir. Sous sa tente, pleine de silence et de rêve, Bismarck, un doigt sur la carte de France, médite ; de son immense pipe s’échappe un filet bleu.
Bismarck médite. Son petit index crochu chemine, sur le vélin, du Rhin à la Moselle, de la Moselle à la Seine ; de l’ongle il a rayé imperceptiblement le papier autour de Strasbourg ; il passe outre.
À Sarrebruck, à Wissembourg, à Woerth, à Sedan, il tressaille, le petit doigt crochu : il caresse Nancy, égratigne Bitche et Phalsbourg, raie Metz, trace sur les frontières de petites lignes brisées et s’arrête…
Triomphant, Bismarck a couvert de son index l’Alsace et la Lorraine ! Oh ! sous son crâne jaune, quels délires d’avare ! Quels délicieux nuages de fumée répand sa pipe bienheureuse !
Bismarck médite, Tiens ! un gros point noir semble arrêter l’index frétillant. C’est Paris.
Donc, le petit ongle mauvais, de rayer, de rayer le papier, de ci, de là, avec rage, enfin, de s’arrêter… Le doigt reste là, moitié plié, immobile.
Paris Paris ! Puis, le bonhomme a tant rêvé l’œil ouvert que, doucement, la somnolence s’empare de lui : son front se penche vers le papier ; machinalement, le fourneau de sa pipe, échappée à ses lèvres, s’abat sur le vilain point noir…
Hi ! povero ! en abandonnant sa pauvre tête, son nez, le nez de M. Otto de Bismarck, s’est plongé dans le fourneau ardent. Hi ! povero ! va povero ! dans le fourneau incandescent de la pipe… hi ! povero ! Son index était sur Paris ! Fini, le rêve glorieux !
Il était si fin, si spirituel, si heureux, ce nez de vieux premier diplomate !
Cachez, cachez ce nez !
Eh bien ! mon cher, quand, pour partager la choucroute royale, vous rentrerez au palais (…) avec des crimes de… dame (…) dans l’histoire, vous porterez éternellement votre nez carbonisé entre vos yeux stupides !
Voilà ! Fallait pas rêvasser !







