Hoy, la BBC publicó una de esas noticias bellísimas que cada tanto se cuelan en los periódicos y noticiarios, entre los muertos, los políticos y el desmadre de la economía mundial. Es una de esas historias maravillosas y simples que, al menos a mí, me dan esperanza por el futuro del mundo.
En una playa de Nueva Zelanda, un responsable del Departamento de Conservación del Medio Ambiente y varios bañistas llevaban horas intentando que dos ballenas que habían encallado en un banco de arena, desorientadas y confundidas, volvieran a mar abierto.
A esas alturas de la tarde, tanto víctimas como rescatistas estaban agotados y a punto de darse por vencidos.
Y en eso, apareció el salvador.
Un delfín nariz de botella, nadador tan habitual de esa playa que los lugareños lo llaman “Moko”, se acercó a los dos náufragos, empezó a emitir esos sonidos de los cetáceos que no se sabe si son un idioma o no, y las ballenas decidieron seguirlo alegremente. El recién llegado las guió mar adentro sanas y salvas.
De las ballenas no se volvió a saber nada, pero Moko, como quien no sabe que es una celebridad, sigue visitando la costa de Nueva Zelanda para jugar con los bañistas y mojar a los niños.
Tal parece que la solidaridad es algo más instintivo de lo que pensábamos, que la empatía no sólo es común a los hombres, sino que abarca varias especies, y que la capacidad de comunicarnos para salir adelante la compartimos por lo menos con los delfines y las ballenas.
Leyendo esta historia, recordé una nota que leí hace algunos meses, que también muestra cómo algunas actitudes humanas pueden ser compartidas por otros animales.
Es la historia de Sahara. Sahara es una foca del Ártico que, un día, apareció en la costa de Marruecos. Ahí se quedó cuatro meses, agotada y desnutrida, ya sin pelo, al cuidado de los trabajadores de un zoológico. Cuando recuperó sus fuerzas, como seguía siendo calva, la enviaron a Inglaterra a que la cuidaran y curaran.
En Cornualles, a donde la llevaron, se le diagnosticó hipotiroidismo, se le sometió a una estricta dieta que le devolvió el equilibrio metabólico, se le implantó un sistema de rastreo y la devolvieron al Ártico.

La sorpresa, sin embargo, fue que por lo visto la foca, del hielo, no quería saber nada. En cuanto pudo, volvió a nadar miles de kilómetros hasta las Islas Canarias. Ahora, según entiendo, se quedó a vivir en el calorcito del trópico, en un santuario para la vida salvaje.
Algunos insisten en que Sahara estaba desorientada, enferma y medio loca. Yo creo que, más bien, se parece a esos canadienses o nórdicos que un día decidieron que estaban hartos de quitar la nieve de sus calles, lo mandaron todo al diablo y se fueron a disfrutar del sol.