De los cristeros ahora santos, su templo y la versión de Revueltas de los hechos
Viernes, Marzo 28th, 2008Por mi formación, para mà la palabra cristero me remite a uno de los procesos más oscuros de la historia de México. Los cristeros fueron un grupo de personas que se levantó en armas contra el gobierno mexicano allá en 1926, oponiéndose a la reglamentación que hizo el presidente Plutarco ElÃas Calles del artÃculo 130 de la costitución que rige la relación entre las iglesias y el Estado en México. He de reconocer que la ley contenÃa excesos, como la posibilidad que tenÃan los gobiernos de los estados de la República de poner requisitos especiales a los ministros de culto para poder oficiar. Un ejemplo fue el caso del gobernador de Tabasco, Tomás Garrido Canabal, quien exigió a los sacerdotes católicos, para que pudieran dar misa, estar casados por todas las de la ley.
Pero más allá de los excesos, lo que protagonizaron los cristeros fue una lucha no cÃvica, fue una lucha por dios, con todo lo que esto conlleva. Cometieron horrores en nombre de su dios y hoy son santos de su iglesia, lo que no debe de extrañarnos sabiendo como se las juega el Vaticano. Hoy el gobierno de Jalisco regala 90 millones de pesos para que a esos “santos” se les construya un templo para ser adorados.
Uno de los cuentos que más me gustan y que me marcaron profundamente en la adolescencia es Dios en la tierra del gran escritor mexicano José Revueltas. Me ayudó a entender no sólo el espÃritu de la guerra cristera, gracias a él entiendo la crueldad de todos los grupos que son armados por dios y que cargan con ellos su espÃritu de infinita venganza.
Este es el principio del cuento:
La población estaba cerrada con odio y con piedras. Cerrada completamente como si sobre sus puertas y ventaÂnas se hubieran colocado lápidas enormes, sin dimensión de tan profundas, de tan gruesas, de tan de Dios. Jamás un empecinamiento semejante, hecho de entidades incomÂprensibles, inabarcables, que venÃan… ¿de dónde? De la Biblia Génesis, de las Tinieblas, antes de la luz. Las rocas se mueven, las inmensas piedras del mundo cambian de sitio, avanzan un milÃmetro por siglo. Pero esto no se alteraba, este odio venÃa de lo más lejano y lo más bárbaro. Era el odio de Dios. Dios mismo estaba ahà apretando en su puño la vida, agarrando la tierra enÂtre sus dedos gruesos, entre sus descomunales dedos de encina y de rabia. Hasta un descreÃdo no puede dejar de pensar en Dios. Porque ¿quién si no Él? ¿Quién si no una cosa sin forma, sin principio ni fin, sin medida, puede cerrar las puertas de tal manera? Todas las puertas cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad del mundo en nombre de Dios. Dios de los Ejércitos; Dios de los dientes apretados; Dios fuerte y terrible, hosÂtil y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era ahà y en todo lugar porque Él, según una vieja y enloÂquecedora maldición, está en todo lugar: en el siniestro silencio de la calle; en el colérico trabajo; en la sorprenÂdida alcoba matrimonial; en los odios nupciales y en las iglesias, subiendo en anatemas por encima del pavor y de la consternación. Dios se habÃa acumulado en las entrañas de los hombres como sólo puede acumularse la sangre, y salÃa en gritos, en despaciosa, cuidadosa, ordenada crueldad. En el norte y en el sur, inventando puntos carÂdinales para estar ahÃ, para impedir algo ahÃ, para negar alguna cosa con todas las fuerzas que al hombre le llegan desde los más oscuros siglos, desde la ceguedad más cieÂga de su historia.
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