Hace un par de días, el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, dijo que en su nuevo mandato profundizará las relaciones con América.
A los periódicos mexicanos llegaron rápidamente un par de comentarios del tipo “no sea metiche” y “gachupines para qué los quiero”, que me recordaron algunas contribuciones a este blog cuando Emiliano habló sobre un triste caso de discriminación en España.
En todos los foros donde se trata la relación entre América Latina y España sale a la luz una profunda incomprensión entre los dos lados del Atlántico y el terrible complejo de invadidos que tenemos los españoles y los latinoamericanos.
Entre muchos españoles hay la impresión de que los latinoamericanos sólo quieren emigrar y, por lo tanto, son invasores potenciales. Entre los latinoamericanos, de que los españoles siguen siendo Pizarro y Hernán Cortés y por lo tanto son piratas y conquistadores un poco menos salvajes. También invasores, al fin y al cabo.
A mí las dos posturas me parecen una tontería y creo que ninguna de las dos ve las enormes oportunidades que nos daría la cooperación franca, honesta y abierta entre las dos partes. Y esa cooperación tiene que sostenerse en vínculos no sólo políticos o económicos, sino sociales y culturales.
Muchos españoles entienden que relación con América Latina quiere decir nada más mayor migración, inseguridad y precarización del empleo. Muchos latinoamericanos piensan que relación con España quiere decir más empresas extranjeras, más voraces y que, en vez de generar empleos, generan mayor acumulación de la riqueza. Las dos están equivocadas.
Para España, una mayor relación con América Latina significa nuevas oportunidades económicas, nuevos mercados, el acceso a una mano de obra que necesitan –tanto no calificada como calificada (muchos latinoamericanos con una formación muy sólida querrían vivir, por lo menos un tiempo, en España y trabajar ahí)– y un mundo cultural del cuál podrían aprender muchas cosas.
Para América Latina, una mayor relación con España significa más inversión en nuestros países, tender un puente a la Unión Europea, acceso a saberes y experiencias que nos servirían mucho, como en urbanismo, en democracia, en tecnología y otro montón de rubros.
Que esa cooperación tiene que darse en términos de igualdad, completamente cierto. Que tiene que ser recíproca y los gobiernos de ambas partes deben buscar que sirva a las sociedades y no sólo a grupos de interés o, como suele ocurrir, a las cúpulas empresariales y políticas, también es cierto.
La única forma de lograr todo esto es quitarnos el complejo de invadidos que tenemos a ambos lados del Atlántico, quitarnos este provincianismo chafa que compartimos todos, negociar abierta y democráticamente y aprender de los demás y con ellos para hacer este mundo más habitable.